Por Gladys Olivares.

“El Yoga empieza con la escucha. Cuando escuchamos, damos lugar a lo que Es”, dice Marta Mahou con un acento muy castizo. Seguro algunos recordarán “La piel que habito” de Pedro Almodóvar y a la exquisita Elena Anaya, cuya silueta bien formada da inicio a la película, explorando en una habitación cerrada y solitaria varias posturas de Yoga. Fue Doña Marta Mahou quien asesoró a la actriz como instructora de Yoga durante el rodaje.

                                              Fuente: www.iyogastudio.com

Es el inicio de un Taller de dos días. Marta está nerviosa y así lo ha expuesto. Su cuerpo es flexible, pero fuerte. Lleva años practicando Yoga. A los 25, en pleno furor sesentero, viajó a Pune, India para encontrarse en el Ashram de Iyengar, el maestro que, casi por consenso, como advierte ella, afectó la manera en que se hace Yoga en Occidente. “En términos de Ásanas“, puntualiza Mahou. Ella y muchos otros han hecho hincapié en que, en este lado del mundo, en occidente, a veces la práctica de Yoga sólo tiene como referente las posturas o Ásanas.

-“De los trescientos y tantos sutras de Patanjali sólo dos se refieren a las Ásanas”, acota Marta a un grupo de maestros y maestros en formación, dándose cuenta de la avidez de varios en el grupo, que quieren iniciar la práctica ‘formal’.

Marta nos invita a reflexionar si lo que pretendemos enseñar es Yoga, o lo que ella ha calificado como ‘gimnasia oriental muy compleja’. No es la primera vez que oigo esto, y lo sé de cierto. Yo también pertenezco a esa tendencia: varios maestros, alumnos o entusiastas de lo que llamamos “Yoga“, a partir del boom de finales de los noventa y principios de este siglo, nos hemos obsesionados con la forma -aunque lo neguemos en público o con alumnos-. Nos hipnotizan las posturas muy complejas que encontramos en libros de diferentes técnicas de Hatha Yoga. Nos enamoramos de lo que creemos que es la postura perfecta en las páginas del Yoga Journal. Y cuando practicamos, la mente busca encajar en esos arcos sublimes, en esas extensiones extremas, mientras decimos, a cualquiera que nos quiera oír, que el Yogi medita en la postura, la vive, la respira. Más bien, en general, existe la tendencia a imitar la figura.

-“¡Dejad de hacer formas!”, exclama Marta y sospecho desde el inicio que su tocada es regresarnos al concepto original que vociferamos que conocemos; no por nada es veterana en estas lides.

-“¿Cuántos de aquí tenéis alguna lesión importante?” El silencio se hace en la Shala.

-“¿Nadie tiene nada, de verdad? ¡Pero no es posible! A ver, empecemos. ¿Problemas de columna?”

Después de algunos segundos en que nadie se anima a hablar, aparece una mano levantada.

-“Espondilolistesis cervical, pero no me molesta tanto”. (Amigos lectores, ¡estamos hablando de un desplazamiento de vertebra en la zona del cuello!).

Otra mano más.

-“Hernia de dos discos. También en el área cervical”. (¡Esta persona sufre de que el disco pulposo entre dos vértebras, en dos lugares distintos de la zona de su cuello, se ha desplazado y está afectando la raíz nerviosa!)

Marta vuelve a la carga.

-“No me digáis que nadie padece de la zona lumbar o sacroileitis“-. Varias manos se alzan, incluida la mía. Tengo miedo. No quiero que me contraindiquen de nuevo los arcos o extensiones. Cuando me excedo, mi psoas y mis cuadrados lumbares se lamentan, debido a una lesión de hace cinco años, en una práctica de Ashtanga, cuando sufrieron la contractura que se ha hecho endémica desde entonces.

La Mahou sigue enumerando posibles padecimientos y las manos levantadas abundan. Sonríe. Sabe muy bien que no hay seres más obstinados en el mundo para enunciar achaques que los yogis y las yoginis, peor aún si se trata de maestros. Su timidez inicial se esfuma. Es hora de que ella despliegue su enseñanza. Por eso ha cruzado el Atlántico de España a México. Vamos a hacer Yoga, pero lo haremos a través de Pratyahara, el recogimiento de los sentidos, y con ello, el aniquilamiento del ego personal. Se dice que es hasta entonces cuando la práctica de Yoga comienza en realidad.

-“Desde hace algún tiempo, el Yoga en occidente ha gravitado, entre el ‘fitness’ y la perfección neurótica de las posturas”, nos dice. Se oyen algunos murmullos y unas cuantas risitas. Lo de ‘fitness’ es bien conocido en gimnasios y en algunas Shalas de Ashtanga o Vinyasa. Pero la segunda categoría, muy celebrada por varios que detentan el método Iyengar, ha sido apreciada y viralizada como un método serio de enseñanza. Frases como “inserten el hueso en su articulación” (¿qué acaso estaba fuera?), y “sientan como el dedo meñique del pie se quiere desprender de los demás” (¡cómo!) son algunas perlas que sirven de ejemplo.

Marta Mahou aprendió el Yoga a la usanza Iyengar; tomó lo que le servía y desechó lo que no tenía sentido. Así nos lo ha hecho saber.

-“Es un método muy masculino” -reflexiona-. “Era joven y fuerte y quería aprender todas las Ásanas. Con la edad, me percaté que algunas cosas no eran para mí o que tenía que hacerlas de otra manera. Tenía que sentir lo que era mejor para mí”.

Segunda llamada de atención para mí. ‘Hacer las cosas de otra manera’. ‘Lo mejor para mí’. Ya varios maestros me habían sugerido considerar practicar los arcos con silla y no afligir mi zona lumbar, ya muy dolida, empujándome hacia Urdhva Dhanurasana. Me he dicho que no es para tanto. No padezco aún de hernias ni desplazamientos.

-“Lo que es mejor para cada uno sólo se logra mediante la exploración” -agrega-. “No es un ejercicio intelectual, es un ejercicio de observación interna”. Me doy cuenta que mi práctica personal adolece de esa contemplación exploratoria. Incluso, en ocasiones mi fin principal es cubrir una serie de posturas en un tiempo determinado.

Para Marta, la observación interna inicia al observar el efecto de ‘subir la cremallera y atar el cordón’ -cuando el ombligo va hacia la columna vertebral y el sacro desciende- y alinear esa sensación con el oído interno. La inquietud de varios que estamos tratando de entender todavía con la mente y no con el cuerpo no se hace esperar. Alguien pregunta “¿dónde está el oído interno?”, a lo que Marta responde risueña “por allí”, señalando su oreja.

                                              Fuente: www.gopixpic.com

Bajo sus instrucciones observo como la postura se transforma. Empiezo a sentir cómo se separan los isquiones al entrar a Uttanasana desde rodillas flexionadas. La alineación del ‘Guerrero’ en Virabhadrasana II me parece casi natural.

-“Pero que manía la vuestra de verse”- dice levantándome el mentón. Me estaba cerciorando de que la rodilla no rebasara al talón. -“Véanlo desde dentro. Cremallera, cordón, oído interno”-. Me doy cuenta de lo que nos quiere decir. El cuerpo tiene una sabiduría propia, una inteligencia diferente a los procesos mentales.

La clase termina y siento que mi práctica ha evolucionado. Lo constato cuando me doy cuenta de una decisión que se está gestando en mí. Tal vez es hora de dejar de hacer formas. No. Más aún. Ya es hora de escuchar lo que mi cuerpo me tiene que decir. Y para empezar, necesito encontrar una metodología distinta cuando realizo extensiones o arcos, más acorde para mis necesidades, que sea más adecuada para mí. Sentir el Yoga en el cuerpo es la única meta.

Gladys_GladysYogaasana,Ashtanga Yoga,Hatha Yoga,Iyengar,Marta Mahou,Patanjali,PratyaharaPor Gladys Olivares.'El Yoga empieza con la escucha. Cuando escuchamos, damos lugar a lo que Es', dice Marta Mahou con un acento muy castizo. Seguro algunos recordarán “La piel que habito” de Pedro Almodóvar y a la exquisita Elena Anaya, cuya silueta bien formada da inicio a la película,...Para ser feliz y vivir mejor a través del yoga