En el mundo occidental  solemos pensar que sólo practican yoga los flexibles, poniendo especial énfasis en la parte física confundiéndolo con una actividad acrobática propia del Cirque du Soleil. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto, al menos fue mi caso, que probablemente empieces a practicar yoga buscando una solución a un problema físico (dolor lumbar, cervical o espalda contracturada). De hecho, son innumerables los beneficios físicos que tiene el yoga. Sin embargo, muchas de esas lesiones suelen tener un origen mental o emocional aunque no lo creamos. 

Una separación  dolorosa, la pérdida de un ser querido, la enfermedad de una persona cercana las sufrimos o vemos a diario y se cobran su peaje en nuestras carnes. 

A consecuencia de ello necesitamos buscar paz en algún sitio. En una sesión de yoga, al abrir nuestra cadera, pecho o flexibilizar nuestra columna, liberamos tensiones pero también muchos de los demonios que llevamos dentro.

Una compañera de clase de francés me recomendó hacer yoga y, al principio, de una manera escéptica, empecé a ir a clase dos días por semana. Pasados unos meses la profesora me ofreció ampliar mi práctica así que doblaba clase e incluso iba los domingos. Me enganché.

Como he dicho fui para curar una contractura pero empecé a notar que cuando estaba en el estudio de yoga todos los problemas, discusiones y tensión de mi día  quedaban fuera. Mi cabeza paraba de bullir y lo que era aún mejor al terminar la práctica esa sensación de bienestar permanecía en mi  cabecita cada vez más tiempo. 

Decidí hacer un curso de instructora de Hatha Yoga en Tailandia. Aunaba así dos de mis pasiones: yoga e inglés. Durante el mismo realmente sufrí tratando de conseguir dos posturas: Dhanurasana y Sirsasana.

La primera es una postura de apertura de pecho. El puente que hacíamos de pequeños tan fácilmente. La primera vez que conseguí realizarla en clase acabé llorando como una niña chica. Al principio, me avergonzada. Casi todos mis compañeros de curso eran anglosajones y creí que se sentirían molestos por una explosión tal de sentimientos. El instructor me dejó hacer. Lo que yo creí que fue frialdad resultó ser una concesión a mi intimidad.En cambio, en la clase del siguiente día me pregunto qué tal estaba. Le dije que bien y sonrió. Simplemente me dijo “Déjalo ir”. “¿El qué?” pregunté sin que saliera de mis labios. “¿Qué tengo que soltar? Si yo estoy bien. La vida no es perfecta… A todos nos parten el corazón alguna vez, los amigos nos decepcionan, el trabajo es alienante…”. Pues sí que tenía cosas acumuladas.
 

Preparación de Dhanurasana. A puntito de hacer pucheros.

La segunda es una postura de equilibrio sobre los brazos: Sirsasana. Por mucho que lo intentará no conseguía mantener  el equilibrio. Mi ego habló “.Por mis…que lo consigo”. Resultado: contractura cervical.  Tuve que parar y después de varias sesiones de masaje tailandés volví a la carga. El instructor me miró y me soltó otra perla. “El problema no es la postura. Es tu mente. Tienes miedo.” Fui sensata y dejé de intentarlo. Me concentré  en quitarme capas de malas experiencias vitales, en soltar primero el odio y luego la frustración. Cuando empecé a hacerlo, mi práctica floreció. No desde la fuerza sino desde el respeto y la comprensión a mi cuerpo.


Como a mí practicar yoga te puede ayudar a: 

  • Superar tus inseguridades y limitaciones. Agarras la esterilla, y te centras en el momento presente para hacer frente a tus miedos y a espantarlos, disolverlos arriesgándote a hacer una  asana que nunca te atreviste a hacer antes.
  • Practicar yoga no hizo que desapareciera mi odio. Mejor aún, lo disolvió hasta no dejar rastro. Volví a tener una actitud positiva frente a las cosas.
  • Desbloqueó mis emociones. Ya no me importa llorar o reír delante de extraños. Las emociones mejor fuera que dentro. Lo más seguro es que cuando las guardes se pudran y te contaminen.
  • Unos días sientes que bordas las asanas y otros días no consigues ni mantener el equilibrio sobre una pierna. Gracias a la práctica empiezas a desarrollar una paciencia infinita porque lo importante no es conseguir el objetivo sino disfrutar en el proceso, en el viaje.
  • Cuando te acostumbras a no conseguir lo que te propones, como yo con Sirsanana, y no te enfarrucas entonces sabes cómo hacer frente a la frustración .Tomas cada día, cada momento como venga, sin ningún tipo de expectativa.
  • Aceptación. Es imposible vivir en una burbuja. Las experiencias que vives te enriquecen y moldean como persona. Y cada vez que vuelvo a la esterilla recargo baterías para enfrentarme a la vida día a día. Me acepto tal cómo soy, con mis virtudes y mis maravillosos defectos. 


Ahora cada vez que me siento pequeñita, por los acontecimientos diarios vuelvo a Dhanurasana o a las menos exigentes físicamente Viparita Karani (piernas a la pared) o Eka Pada Rajakapotasana. Son las posturas que utilizo para soltar la ansiedad en un periquete. ¿Tienes tú algún truco?
Esta es mi experiencia pero hay muchas historias sin contar que pueden ayudar a otros. ¿Cuál es la tuya? Déjanos un comentario y cuentanos tu experiencia. Y si te ha gustado el post también puedes compartirlo desde la barra de iconos inferior.
Paloma GuillénYogaaceptación,Dhanurasana,ekapadarajakapotasana,frustración,paciencia,paz,Sirsasana,viparitakaraniEn el mundo occidental  solemos pensar que sólo practican yoga los flexibles, poniendo especial énfasis en la parte física confundiéndolo con una actividad acrobática propia del Cirque du Soleil. Nada más lejos de la realidad.Es cierto, al menos fue mi caso, que probablemente empieces a practicar yoga buscando una...Para ser feliz y vivir mejor a través del yoga